Navegación Autor del artículo: Manuel Valdés Fernández
El análisis de los distintos factores sobre los que se asienta la compleja historia de las tierras por las que se extiende la cultura vasca, entre los siglos XII a XV, pone de manifiesto un territorio en transformación política y administrativa, cuyo entramado social diseñará una identidad cultural específica, basada en el poder aglutinante de su lengua. Las tierras enmarcadas por el valle del Adour y el pico de Anie al Noreste, por el mar Cantábrico al Norte, el valle del Ansón al Oeste y las llanadas alavesas y tierras altas de La Rioja al Sur, se organizaron territorialmente a partir del siglo XII.1
El proceso político que se abrió en el País Vasco buscaba la transformación de unas estructuras económicas poco operativas, basadas en la ocupación y explotación de la tierra conforme a modelos tardoantiguos, en una nueva cultura urbana que precisaba una administración más compleja. El mapa social y administrativo, definido fundamentalmente por una población dispersa, con ausencia casi total de ciudades, estratificada socialmente en linajes, carente de las estructuras administrativas que derivaban de la organización territorial en diócesis y amparada por una legislación insuficiente, estaba llamado a modificarse durante la Baja Edad Media.
Los fundamentos socio-políticos que justificaron la definición de la arquitectura gótica, la rápida expansión supranacional de los modelos, la imaginación que proyectó edificios de dimensiones insólitas y la extraordinaria aportación económica, deben buscarse en el compromiso político y religioso de sus promotores.
La base ideológica del proceso renovador de los esquemas arquitectónicos se encuentra en las especulaciones teóricas de Suger (1081-1151), en las que trazó un programa místico en el que se relaciona el ámbito de la iglesia, en tanto que espacio creado por el hombre, y el reino de Dios, en el marco de una proyección teológica; " cuando penetrado por el encantamiento que produce la belleza en la casa de Dios, escribía el abad de Saint-Denis, el atractivo de las gemas multicolores me condujo a reflexionar, pasando de lo material a lo inmaterial, sobre la diversidad de las virtudes sagradas, me parece entonces verme a mi mismo residiendo en verdad en alguna extraña región del universo, que no existe anteriormente ni en el cieno de la tierra ni en la pureza del cielo y que por la gracia de Dios puedo pasar de la tierra a las alturas de manera anagógica ". La poética está trazada en el marco del pensamiento platónico, a partir de los falsos textos del Seudo Dionysos Areopagita, estudiadas por Juan Scoto Erigena (800-875). Las formas artísticas son capaces de crear el espacio ideal que refleje el universo como uno e indivisible, por el que se manifieste la " jerarquía ", según la cual las cosas terrenales participan de las cualidades divinas, tales como la verdad , la bondad , la belleza , etcétera; y en esa misma medida nos ayudan a conocer la Verdadera Luz.
La creación, según Suger, está ordenada conforme a un sistema de jerarquías y mediante la vía anagógica, se puede comprender lo que no es material a través de las cosas visibles, de lo material. Belleza, luz, material-tierra, inmaterial-cielo y trascendencia hacia la participación de la divinidad, son conceptos líricos que surgirán involuntariamente de la contemplación de un edificio gótico. La jerarquía se manifiesta como " una cascada de luz que se precipita desde Dios y es, al mismo tiempo, la vía por la que se accede a la divinidad ".
Esta es la idea central del pensamiento de Suger que, al interpretarse de forma polivalente, por un lado fundamenta la teología de la luz, aprovechada por la arquitectura gótica para definir unos " ... lugares apartados, santificados, tan aptos para el servicio divino, donde los que lo celebran se encuentran ya, de alguna manera, en el cielo ", y por otro, sedujo a las diversas monarquías europeas que vieron fortalecerse los principios dinásticos.
A partir de este planteamiento teológico, se perfila una alianza entre los intereses del episcopado y de la monarquía, por la que ambas figuras institucionales se convertirán en los extraordinarios promotores de la iglesia gótica. El edificio, bajo esta perspectiva, alcanzará un excepcional valor emblemático.
Rey, obispo y, consiguientemente, urbe regia o ciudad episcopal y una clase social en crecimiento como la burguesía, van a convertirse en los factores aglutinantes de las grandes empresas góticas. Desde un punto de vista metodológico, los factores de unidad y diversidad de la arquitectura gótica en el País Vasco dependerán de la multiplicidad geopolítica, de la complejidad de la administración eclesiástica y de la heterogeneidad social.
Los territorios aglutinados por la cultura vasca estuvieron sujetos a realidades socio-políticas distintas. Durante los siglos XIII y XIV los reyes de Navarra de la casa de Champaña y de Evreux mantuvieron un hábil equilibrio en los múltiples conflictos surgidos con los reinos de Castilla y Aragón, y con las diferencias políticas con la Curia pontificia. No obstante, consolidado como reino sobre un territorio limitado al Norte por la Mesa de los Tres Reyes y el río Nivelle, el curso del Ebro por el Sur y el pasillo entre San Sebastián y Hernani por el Oeste, constituyó un fluido puente cultural entre Francia y los reinos peninsulares, favorecido por las relaciones de linajes y por el Camino de Santiago. En el reino de Navarra, consolida-das las estructuras políticas, administrativas y económicas que fundamentaron las grandes empresas artísticas desde el siglo XII, la arquitectura gótica contará con los fundamentos institucionales de un eficaz patronato.
La situación político-administrativa será similar en el País Vasco Norte. A pesar de la accidentada historia de Aquitania, incorporada al reino de Inglaterra entre 1152 y 1451, Bayona había estado gobernada desde el siglo X por un obispo y un conde sometidos sucesivamente a los condes de Normandía, a la dinastía angevina de los Plantagenet (1154 a 1339) y a la casa de Lancaster. La ciudad portuaria del Labourd contará con los fundamentos sociales y administrativos para la erección de uno de los edificios más significativos de la arquitectura gótica vasca, la catedral de Nuestra Señora.
En los territorios del Oeste, tras los conflictos entre Castilla y Navarra en su pretensión de controlar el País Vasco, Alfonso VIII de Castilla, tomó dos decisiones fundamentales para la consolidación del Señorío de Vizcaya. Por un lado, en el año 1157 entregó a don Lope Díaz (1124-1170), Señor de Vizcaya, la ciudad de Haro, con lo que instituyó de forma explícita la casa de Haro. Más tarde, después de la toma de Vitoria, la ciudad aforada fundada sobre Gasteiz por el rey navarro Sancho VI (1150-1194), el monarca castellano entregó el solar de Álava y Guipúzcoa a don Diego López de Haro, el Bueno (1170-1214).
En segundo lugar, el Rey y el Señor de Vizcaya favorecieron la ruptura con un modelo de cultura tardoantigua a través de la creación de las condiciones jurídicas que permitiesen la organización de villas mediante fueros; estas normas estimularon la creación de órganos administrativos que garantizarían la aparición e intervención muy activa de otros factores llamados a componer la trama urbana sobre antiguos núcleos rurales, favorecer la concentración de poblaciones dispersas y regular las actividades mercantiles.2
Paralelamente a la formación de las villas, se produjo la ampliación de las actividades portuarias como consecuencia de la política de seguridad en torno al mar Cantábrico, tendentes a la definición de un espacio urbano sobre el que se desarrollasen actividades comerciales y mercantiles. Sancho VI de Navarra reforzó los puertos de Guetaria y San Sebastián, mientras que Alfonso VIII aplicó la misma política a los puertos de Motrico y Fuenterrabía. Entre 1160 y 1210, se poblaron, además de las villas portuarias asturianas, la línea costera desde San Vicente de la Barquera, Santander, Castro Urdiales y las ya citadas del País Vasco.
El desarrollo de la vida urbana, con todos los aspectos que conlleva, tales como la división del trabajo en distintos menesteres, la intensificación de las actividades mercantiles y comerciales dirigidas por una política económica de fuerte carácter monetarista, originó el nacimiento de la burguesía como nueva clase social al lado de los señores, nobles o eclesiásticos, y del campesinado. Ciudad y burgués constituyeron, junto al rey y al obispo, dos pilares fundamentales sobre los que se alzará la iglesia gótica. El proceso de creación de villas, por iniciativa real o por intereses de los pobladores, fue especialmente intenso durante la segunda mitad del siglo XIII y todo el siglo XIV, fechas que coinciden con el desarrollo de la arquitectura gótica vasca.3
La complicidad entre los dos poderes, rey y obispo, se puede rastrear en la larga relación de amistad entre el abad Suger, que no pertenecía a la nobleza, y Luis Capeto (1137- 1180). El obispo en la Europa gótica se define por una rica personalidad. Los prelados castellanos y vascos del siglo XIII son personas muy próximas al rey, de profunda religiosidad, hombres cultos que conocieron universidades europeas y señores feudales.4
El obispado y la administración territorial de la diócesis mantiene una fecunda continuidad desde el siglo X en Navarra y en el Labourd vasco-francés. En Pamplona hay constancia de la existencia de una organización episcopal en trono al año 829 sin que se interrumpiese de forma significativa ante la invasión de los musulmanes. Sus territorios fueron ampliándose al compás de la consolidación del reino de Navarra y la incorporación de nuevos territorios; sus límites por el Norte fueron los arcedianatos de Fuenterrabía y Baztán que estuvieron integrados hasta el siglo XVI en el obispado de Bayona. En consecuencia las condiciones eclesiásticas de ambas ciudades permitieron hacer frente a las grandes empresas artísticas. En el caso del reino de Navarra se establecieron a partir del entendimiento entre el rey y su obispo y la utilización del espacio gótico más allá de lo meramente religioso.5 Sirva como pincelada ilustrativa el ejemplo de Enrique I, uno de los monarcas de los que consta cómo en 1271 juraba los fueros y era alzado rey en la sede episcopal de Pamplona. La generalización de esta costumbre, referida ya a un edificio gótico, queda plasmada con evidente claridad en el texto que recoge la primera donación periódica otorgada por Carlos III a la fábrica de la catedral iruñesa un siglo después, en 1397:6
"... porque aquella fue fundada et edificada et dotada por los Reyes de buena memoria, nuestros Predecessores, que fueron en la cual todos ellos coronados et sus cuerpos sepelidos, et nos asimismo avemos sido coronados et por nuestra sepultura eleido (sic. ), cuando Dios querrá hacer su voluntad ... "7
Respecto a la ciudad vasco-francesa de Bayona se puede constatar el gobierno ejercido por el poder episcopal y condal ante el alejamiento de la urbe regia al otro lado del canal de la Mancha.
A principios del siglo XIV la fructífera colaboración entre el cardenal Guillaume de Godin, originario de Bayona, y Clemente V (Bertrand de Got), primer papa de Avignon, nacido en Villadraut (Gascuña) que había sido arzobispo de Burdeos, tuvo una extraordinaria repercusión en la reapertura de las obras de la catedral de Nuestra Señora; tras el incendio del año 1258, conocido a través de una carta de la ciudad al rey de Inglaterra, y otro de 1310, se construyeron las naves.8
El estudio de la organización episcopal en las actuales provincias vasco-españolas refleja la existencia de una crisis histórica. En efecto, en el último tercio del siglo XI, desaparece la diócesis de Álava que tenía su sede en Armentia desde el siglo IX, de la que dependían territorios de Álava, gran parte de Vizcaya y de Guipúzcoa, que con La Rioja, Nájera, las tierras de Cameros y del río Alhama, se integraron en la diócesis de Calahorra a partir de 1088. No obstante, durante la Baja Edad Media los territorios del Señorío de Vizcaya se dividieron administrativamente; las Encartaciones pasaron a depender de la diócesis de Burgos y el resto de los territorios del obispado de Calahorra.
El conflicto desatado por estas decisiones redujo el problema a un nivel estrictamente teórico-administrativo puesto que los obispos fueron vetados; el Fuero Viejo de Vizcaya prohibió la integración en las citadas diócesis. Bajo esta perspectiva, los obispos no pudieron ejercer ningún tipo de autoridad sin riesgo de crear un conflicto, como el de Lequeitio en 1368, el de Cenarruza de 1380 y el surgido durante la visita de Fernando de Aragón, en la que se rechazó la presencia del obispo de Sigüenza.
Durante los siglos XIV y XV no entró ningún obispo en los territorios del Señorío de Vizcaya. La realidad del poder eclesiástico descansaba, en primer lugar, sobre los arciprestazgos, como los creados en 1445 en Bilbao, Bermeo y Lequeitio que, imbricados en la autoridad del Señor de Vizcaya, gozaron de una amplia jurisdicción que vino a suplantar a la episcopal, y en segundo lugar, sobre las administraciones parroquiales.9 La crisis generada en la administración eclesiástica de los territorios del Señorío de Vizcaya tuvo consecuencias económicas dignas de ser consideradas como una posible hipótesis de trabajo. La mera existencia de un episcopado significaba que en algún momento de la Baja Edad Media el obispo que concitaba los intereses de otros patronos, planteaba o proyectaba la construcción de una sede catedralicia. Las partidas económicas que apoyarían tan audaz empresa constructiva, llegaban desde muy distintas direcciones para confluir bajo la administración de un obispo; es la figura que sabrá convertir su interés personal, su preocupación individual apoyada por el rey, como era la construcción del marco adecuado a su cátedra episcopal, en una preocupación colectiva y en una empresa ciudadana en la que nadie se sentirá excluido.
El obispo aportaba su patrimonio personal, el cabildo las rentas de algunas parroquias y arcedianatos, el rey participaba con las rentas de algunas villas y con la exención de las cargas impositivas generadas por los distintos oficios que concurrían en la construcción de la iglesia, y los burgueses con la aportación de donativos en el marco de la política eclesiástica de concesión de indulgencias o mediante la compra de capillas por parte de gremios y cofradías.
Una importante y compleja fuente de financiación de la que disfrutaron las diócesis castellanas, dependía del papado mediante la cesión de las " tercias " a la " fábrica " u "obra" de la catedral. Las denominadas tercias reales correspondían a las dos novenas partes del diezmo eclesiástico que eran cedidas al rey por el papado para la restauración de las diócesis antiguas en el marco de la reconquista de los territorios meridionales.10 El concepto de diócesis antiguas fue muy amplio y confuso, de tal manera que, en ocasiones en las que era muy difícil buscar las raíces históricas de la sede episcopal, un sutil e impreciso engaño, hizo muy difícil distinguir qué diócesis era antigua y cuál era de nueva creación. Las tercias constituyeron una partida económica que fue manejada por el papado con rara habilidad política; sirva de ejemplo la cesión del papado de " tercias " para la construcción de la catedral de León; poco antes de 1248 el papa Inocencio IV se las retiró, con la consiguiente paralización de las obras, para que Fernando III las aplicase a cubrir parte de los gastos generados por el asedio y conquista de Sevilla. Tras la conquista fueron destinadas de nuevo a la fábrica legionense. En el planteamiento de la hipótesis anunciada más arriba, debería estudiarse si la reversión de parte de los diezmos eclesiásticos del papado a los territorios que generaron ese impuesto, a través de la construcción de las catedrales, se produjo en aquellas comarcas que carecieron de una ortodoxa administración eclesiástica.
El panorama social, político y eclesiástico del País Vasco sobre el que se van a emprender las empresas góticas no es uniforme; los territorios están sujetos a condiciones de patronazgo distinto. Los pilares sobre los que se asienta el patronazgo radican en la confluencia de intereses de un obispo y su clero, la implicación del poder real, el respaldo de la burguesía, en crecimiento desde el siglo XIII, organizada en concejos o anteiglesias, y, finalmente, el papel de las órdenes mendicantes, implicadas de lleno en el servicio religioso de los ciudadanos.11
La idea del patronato quedó atestiguada en las grandes iglesias a partir del siglo XIII con la incorporación de los blasones de los obispos y de los monarcas al edificio.12 En Pamplona la acción del patronato episcopal y regio se puede estudiar a través del claustro y de la propia catedral; el obispo Arnaldo de Barbazán (1318-1355) fue el promotor de la obra del claustro gótico, en el que se integró la puerta Preciosa, hecha en 1295, y su propia capilla sepulcral, la capilla Barbazana, realizada años después de su muerte; los monarcas Carlos II y Carlos III prosiguieron el apoyo a la obra; en el segundo caso, como muestra de su patronato, se emplazó el escudo de la reina Leonor de Castilla sobre las claves de las bóvedas que cubren la nave del evangelio, y en los pilares que comunican la nave y el crucero, se emplazaron relieves alusivos a la ofrenda que el cabildo y el obispo Martín Zalba hicieron del templo a la Virgen.13
En la definición estética del edificio fue determinante la elección del maestro mayor, maestro de obra.14 En líneas generales, se puede afirmar que la elección partía de los promotores de la catedral, esto es, de los reyes y de los obispos. Con independencia de que en Navarra, Carlos el Noble, designó a Janin de Lome, escultor nacido en Tournai, tales cometidos debieron recaer con más frecuencia en las competencias de los obispos, hombres cultos que se habían educado en distintos lugares de Europa, viendo crecer las grandes canterías, como las de París o Reims.15 La elección debía contar con la aceptación del cabildo, dado que las competencias para la administración de la fábrica recaían sobre un canónigo.
A tenor de lo expuesto, es posible establecer un marco de diferencias de patronazgo, en función de la existencia de distintas instituciones y administraciones territoriales; un País Vasco nuclear, sometido a estructuras de poder en forma de reino, como Bayona y Navarra, y unos territorios periféricos en donde el patronazgo presenta una composición incompleta, como consecuencia de las peculiaridades políticas, eclesiásticas y sociales, como el Señorío de Vizcaya.
Los factores de unidad y diversidad son los que definirán la arquitectura gótica vasca; son los que aproximarán las composiciones generales de los edificios a la ecuación que establece una relación entre un modelo y la evolución de los códigos formales en función de una base política, institucional y social, en el marco de una cronología.
En el siglo XIII y sobre la urdimbre histórica expuesta, se produjo la iniciación de las grandes catedrales castellanas (Burgos, Toledo, León);16 durante la segunda mitad del siglo se iniciaron las obras del presbiterio de la catedral de Nuestra Señora de Bayona, las obras de iglesias parroquiales en el Señorío de Vizcaya que continuarán durante los siglos XIV y XV, en función de la organización y desarrollo de las villas, y la renovación, tras su hundimiento de la catedral de Pamplona.17
Uno de los múltiples modelos de edificio difundidos por el País Vasco corresponde a una iglesia de planta basilical, de tres naves, gran crucero, presbiterio y girola a la que se abren unas capillas de sección poligonal. En líneas generales podría afirmarse que se incorpora alguna de las depuradas composiciones transpirenáicas del siglo XIII. Los tracistas de los templos concibieron un edificio en el que renunciaron a profundizar, desde un punto de vista pragmático, con la mística de la luz que proponían los teólogos del siglo XIII; como no explotaron las posibilidades técnicas de las bóvedas de crucería, ni sobrevaloraron las sensaciones decorativas; los maestros de obra que trabajaron en el País Vasco buscaron la estilización de las proporciones y sugirieron vectores ascencionales.
La composición general de los edificios (como las sedes catedralicias de Bayona, de Pamplona y la iglesia de Santiago en Bilbao, actual catedral), analizada bajo una visión conservadora en la relación código formal y cronología, se nutrió de los modelos de planta y de la organicidad de espacios champañeses, mientras que los alzados están relacionados con las minuciosas composiciones murales de Ile de France y Champaña. De este modo, las referidas iglesias vascas se inscriben estilísticamente en la familia de las fábricas de Reims, como la catedral de Notre Dame y la, desaparecida iglesia de San Nicasio, Chartres y Saint-Denis, además de las catedrales de San Pedro y San Pablo de Troyes, y Strasbourg, cuyo reflejo más occidental es la catedral de León.
En el caso de Aquitania se puede constar la reflexión que hicieron los maestros arquitectos durante los siglos XIII y XIV sobre la cabecera de la iglesia de Saint-Denis; el modelo tratado con cierta precisión, se encuentra en Bayona, Burdeos y Oloron. La originalidad del trazado de la catedral de Pamplona radica en la composición de la cabecera, en donde las capillas y el deambulatorio se funden espacialmente para componer un espacio unitario que tan solo se individualiza con el tratamiento de las cubiertas.
Las variantes planimétricas de la catedral de Vitoria son más sorprendentes por lo inexplicable desde un punto de vista cronológico; la omisión del presbiterio y la presencia de un gran crucero que parece responder a la persistencia de formas de transición de fines del siglo XII, la separan de una tendencia general que buscaba la continuidad de los modelos franceses.
Las constantes referencias a la arquitectura francesa no deben inducir a la consideración de un tipo de colonialismo artístico. El papel de los promotores fue determinante en la elección del modelo. Los obispos vascos de los siglos XIV y XV, como los castellanos del siglo XIII, fueron hombres cultos, viajeros por las distintas ciudades europeas, con poder para tomar decisiones en el marco de una sociedad teocéntrica; son ellos los que determinaron la introducción del nuevo léxico artístico, no como creación personal, sino como comitentes de unos maestros de obra.19 En efecto, la presencia de maestros españoles formados con otros franceses, relacionados con Borgoña, se presiente en obras como Castro Urdiales;20 el trazado de la planta de la iglesia cántabra, recuperando y simplificando el antiguo trazado de la catedral de Burgos, y el tratamiento de las cubiertas, realizadas en la transición de los siglos XIII a XIV, parecen un referente para la fábrica de Santa María de Lequeitio (Vizcaya);21 tres tramos, crucero y, en su origen, tres capillas en la cabecera, responde a una simplificación de los trazados castellanos del siglo XIII.22
Durante los siglos XIV y XV se produjo una fase de gran expansión como consecuencia de la administración parroquial en correspondencia a la organización y crecimiento de las villas. El modelo de iglesia burguesa tiende hacia la simplificación espacial, en función de la actividad religiosa y civil que se manifestaba en la implicación de las administraciones parroquiales y concejiles, como las anteiglesias. El trazado arquitectónico está definido por una iglesia de tres naves, crucero más o menos desarrollado y presbiterio de sección poligonal.23
Los tracistas de los siglos XV y XVI, no modificaron los modelos, pero si ampliaron su dimensiones y aumentaron la altura de las naves laterales es decir, junto a los tradicionales trazados " ad triangulum ", hicieron su aparición nuevos modelos de iglesia de planta de salón que, en algunos casos, parecen inspirarse en las iglesias de la Lorena, como sugiere el trazado de la planta y el alzado de la iglesia de San Miguel de Oñate, de fines del siglo XV; es esta una estructura que va a tener una enorme difusión durante la segunda mitad del siglo XV y todo el siglo XVI, al incorporar conceptos espaciales renacentistas, especialmente en la definición de espacios y aplicación de soportes, generaron un tipo de iglesia columnaria en la que intervenían elementos modernos y romanos que constituyó un paradigma de la arquitectura vasca.24
El proceso de simplificación de los trazados no conllevaba necesariamente una reducción de los problemas constructivos; este es el caso de las iglesias de una sola nave, muy ancha, de tres tramos y cabecera poligonal, como San Saturnino de Cerco de Artajona, realizada en el siglo XIII la cabecera y las naves en la centuria siguiente, la iglesia de Santa María la Real de Olite y San Saturnino de Pamplona, de principios del siglo XIV, y la iglesia de San Pedro de Zumaya cuya fábrica debió iniciarse a fines del siglo XV, cronología que coincidiría con la obra de la colegiata de Cenarruza.25 Otras obras navarras de nave única que manifiestan ciertos componentes de una arquitectura rural son las iglesias de San Andrés de Cizur Mayor y San Julián de Ororbia, datables en la primera mitad del siglo XV.26
La composición general de la cubiertas responde a modelos muy sencillos que se nutren fundamentalmente de los modelos franceses y castellanos del siglo XIII. En efecto, los grandes edificios, como la catedral de Santa María de Bayona, de Pamplona, Santa María de Vitoria, Santiago de Bilbao, y un largo etcétera, cierran los espacios con una sencilla bóveda de ojivas aunque, en ocasiones, los maestros intensifican los valores decorativos y arquitectónicos, en tanto que aumenta el número de tirantes para la descomposición de empujes, mediante la incorporación de terceletes, como el crucero de la sede vizcaína o iruñesa.
En torno al siglo XIII, edificios como la colegiata de la hospedería de Roncesvalles, y más tarde en San Saturnino de Pamplona, refuerzan la derivación de los empujes hacia los soportes periféricos mediante la incorporación de la bóveda sixpartita, estructura muy frecuente en la arquitectura gótica muy temprana.
La sobrevaloración del contrarresto de empujes se manifiesta en algunos edificios mediante la incorporación de un espinazo, un nervio que recorre longitudinalmente la cubierta; es el modelo utilizado con cierta frecuencia en la arquitectura gótica castellana, como en la nave central de San Saturnino de Pamplona, Santa María de Castro Urdiales y Santa María de Laredo, cuya fábrica estaría activa a principios del siglo XIV.27 La presencia del refuerzo de la cubierta con espinazo aparece en Santa María de Lequeitio, El Salvador de Guetaria, San Juan de Salvatierra y San Miguel de Oñate.28
Durante los siglos XV y XVI la composición de las cubiertas con terceletes, se ve enriquecida con la incorporación de los combados. Desde una óptica estrictamente arquitectónica, los principios funcionales de gótico, conforme a la teoría racionalista desarrollada por los arquitectos de la segunda mitad del siglo XIX, parecen lejanos. Mientras que crucerías, terceletes y tirantes cumplen una función estrictamente arquitectónica, es decir, derivan los empujes de la cubierta hacia los contrafuertes periféricos, los combados no cumplen más función que la decorativa.
Un elemento sorprendente, es el triángulo esférico que completa la modulación cuadrada de la cubierta en la girola de la actual catedral de Bilbao, la iglesia de Santiago. Las referencias a la sede toledana son inmediatas, pero parece más probable que este ejemplo sea el fruto de la difusión hacia el Sur de una solución arquitectónica creada por los arquitectos champañeses; la idea del triángulo esférico está más cercana a girola de la iglesia de la abadía benedictina de Saint-Remi, de Reims, que de París.
Una obra, sin duda excepcional, es la capilla Barbazana, erigida en el claustro de la catedral de Pamplona por el obispo Arnaldo Barbazán (ca. 1355). El trazado buscaba la creación de un espacio centralizado que estará llamado a tener una función polivalente, especialmente la funeraria, reuniones colegiadas. En efecto, el punto de partida podría encontrarse en algunas soluciones francesas (San Sergio de Angers, Santa Radegunda de Poitiers y San Juan de Saumur), como afirma I. Bango Torviso;29 por ejemplo, los constructores de la sala capitular de la catedral de Oviedo buscaron en el gótico "plantagenet" y las experiencias de Plasencia y otras obras contemporáneas, como Ávila, para crear un volumen centralizado, rematado por una cubierta en la que se transformó una sección cuadrada en otra ochavada mediante trompas, solución hispana, sobre nervaduras en forma de Y, como otros modelos aquitanos y borgoñones.30
La capilla Barbazana enriquece de una forma singular la composición arquitectónica mediante el trazado de una bóveda estrellada, planteando un tipo que alcanzará una gran difusión: la sala capitular de la catedral de Valencia del tercer cuarto del siglo XIV y, ya más tardías, las capilla funerarias burgalesas, como la del Condestable, de Simón de Colonia, La Vid, Santa Clara de Briviesca y Medina del Pomar entre otras.
La arquitectura vasca repetirá el modelo en la capilla de Santiago de Santa María de Vitoria y del Cristo de la iglesia de San Severino de Valmaseda, (ca. 1541). Los resultados decorativos del trazado de una bóveda estrellada, serán aprovechados por los tracistas de las cabeceras a partir del siglo XV, con notables ejemplos en las iglesias de San Miguel de Oñate y San Pedro de Zumaya.31
La composición de los pilares de un edificio gótico depende de la organización de las cubiertas en una correlación funcional lógica. Salvo excepciones, los tracistas de las iglesias vascas utilizaron de forma preferente formas austeras y funcionales, como la bóveda de crucería, tipo de cubierta que se usó de forma preferente durante el siglo XIII y principios del XIV, y la incorporación de los terceletes, que definirán desde el punto de vista óptico las cubiertas del siglo XIV. Podría afirmarse que los pilares son una respuesta a la sencillez y austeridad de las cubiertas; son cilíndricos, con fustes enjarjados perimetralmente en la medida en la que neutralizan los empujes de crucerías y terceletes. Durante el siglo XV su trazado se simplifica como consecuencia del enjarje en el pilar de las nervaduras, tal como manifiestan las iglesia de Santa María de Galdácano (en la ampliación del siglo XV), San Miguel de Oñate y San Vicente de Vitoria.32
La gran transformación del sencillo pilar cilíndrico vendrá de la mano del renacimiento con la incorporación de los órdenes clásicos, bien toscanos o corintios.33
La articulación de los muros está sujeta a múltiples factores; desde la clásica división tripartita de Bayona, a la omisión del triforio en Pamplona, son muchas la soluciones que presenta la arquitectura gótica vasca. Con independencia de las variantes diacrónicas que presenta la sede de Bayona, la utilización del triforio calado para reforzar la entrada de luz, sitúa esta obra en relación con edificios de Ile de France, como Saint-Denis, iglesias champañesas como la catedral de los santos Pedro y Pablo de Troyes, Strasburgo y León.
Frente a esta organización del muro, basada en la apertura de un gran claristorio, en la catedral de Pamplona al prescindir del triforio, predomina lo tectónico sobre el vano y lejos de constituir un rasgo de originalidad, como la excepcional organización del presbiterio y la girola, induce a plantear la posibilidad de un solución improvisada.
En el resto de los edificios, especialmente en las iglesia parroquiales, los modelos de ventanas responden a trazados clásicos del siglo XIII, mediante la subdivisión modular de la luz del arco y la incorporación de tracerías, y XIV, con la subdivisión funcional del vano.34 En el siglo XIV los arquitectos cántabros y vascos, reunieron distintas trazas para crear una de las soluciones paradigmáticas de la arquitectura vasca: el triforio como pantalla.35 En la invención de este elemento han intervenido distintas aportaciones; como los trazados burgaleses que configuran el triforio en el interior de una gran ventana subdividida en vanos con antepechos y tímpanos decorados con una tupida tracería, preferentemente de trifolias y cuatrifolias, y la creación de pantallas que se difunde al compás de los modelos de Troyes y de Chartres.
En el primer caso, los trazados se simplificaron para adaptarlos a las dimensiones de las iglesias parroquiales de carácter burgués que acompañaron la creación de las villas, desde las iglesias cántabras a las iglesias vascas; en el segundo caso, la arquitectura gótica de Navarra creó unas galerías en donde las tracerías góticas crean un grupo de pantallas que manipulan la profundidad para indeterminar los espacios;36 este juego de tracerías y pantallas lo utilizaron los maestros de Chartres en el trazado de la escalera de la capilla axial y los maestros de Troyes cuyo estilo se percibe en la portada de San Pedro de Vitoria. En consecuencia, se podría afirmar que el triforio vasco fue elaborado en el Nordestedel reino de Castilla a partir de una síntesis de modelos franceses que confluyeron en el País Vasco a partir de la difusión de los esquemas de Burgos y de Navarra.
La presencia de modelos procedentes de Ile de France y Champaña se puede estudiar con más precisión en el trazado de los rosetones de las iglesias de Olite, Santa María la Real y San Pedro. La composición, basada en la apertura del vano en el interior de un arco de ojiva que conjuga las funciones decorativas y constructivas, en tanto que puede funcionar como un arco de descarga, la forma de las tracerías, la voluntad de abrir el muro mediante trifolias, indica con claridad que los maestros fueron conocedores de las fábricas de Saint-Denis y de Notre Dame y San Nicasio de Reims.37
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