Ocio y consumo
Vivimos en la llamada sociedad del ocio y tenemos a nuestra disposición en cada momento instrumentos que nos posibilitan el uso de nuestro tiempo libre. No es extraño ver a jóvenes jugar desde su teléfono móvil, siempre entre las manos; y en las casas los televisores, videoconsolas y ordenadores conectados a Internet nos recuerdan que el ocio está ahí y se consume.
Al lado de estas formas individuales, se han creado a nuestro alrededor innumerables equipamientos de ocio colectivo. Además de una considerable oferta privada, principalmente en el ocio formativo (academias de idiomas e informática) y de cuidado al cuerpo (gimnasios y centros de belleza), contamos con un amplio abanico de infraestructuras, servicios y programas institucionales.
Pero no todo es cantidad. Es necesario aprender a discriminar, elegir y decidir libremente cuándo y cómo vamos a hacer uso de nuestro tiempo de ocio. En otro caso corremos el riesgo de convertir el ocio, sobre todo el ocio pasivo, en una nueva esclavitud que pervierta la propia esencia del concepto de tiempo libre.
Muchos de los valores que lo caracterizan desaparecerían para dar paso a la ociosidad, un tiempo exento de enriquecimiento personal. Volveríamos así a épocas anteriores en las que el trabajo y el resto de obligaciones constituían el eje de la vida de mujeres y hombres.
