ARTE

El arte barroco (III)

Rubens y Rembrant, flamenco y holandés respectivamente, son otros dos de los grandes artistas de este tiempo cuyas obras superan las premisas del Barroco para entrar en la gran historia de la pintura. La escultura, por su parte, se caracteriza por el dinamismo y la teatralidad de las composiciones, la sobreabundancia de pliegues en los ropajes de las figuras, la búsqueda de diagonales y complejos escorzos y la exaltación del movimiento.

La pintura en Flandes y los Países Bajos

La pintura barroca en Flandes y los Países Bajos estuvo dominada por dos grandes figuras:

  • Pedro Pablo Rubens (1577-1640): de formación italiana, trasladó a la pintura flamenca la energía y el dinamismo de maestros como Miguel Ángel o Tiziano, pintor éste último que ejercería una importante influencia en la producción del flamenco. Desde perspectivas brillantes e imaginativas, Rubens realizó grandes ciclos decorativos, como el de María de Médicis en el Palacio de Luxemburgo, desarrollando en su etapa de madurez sus más celebradas obras, entre las que se encuentran Las tres Gracias, El jardín del amor y el retrato de su joven esposa, Helena Fourment desnuda cubierta con una piel.
  • Rembrandt (1606-1669): por su singularidad, su obra entra en la gran historia de la pintura. Su gran aportación fue el tratamiento de la luz, que se transforma en una atmósfera dorada, generadora de efectos de densidad y gran dramatismo. Aclamado en una primera época y convertido en un gran tratante de arte, posteriormente fue perdiendo aceptación y, por su mala administración, se vio obligado a vender sus obras propias y de colección. Entre sus obras más notables cabe citar La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp, La ronda nocturna, Los síndicos pañeros, La novia judía y numerosos retratos de personal planteamiento.
 

Rembrandt, Los síndicos pañeros, 1661, (Rijksmuseum, Amsterdam).

Hay que destacar a los flamencos Anton van Dyck (1599-1641), creador del prototipo de retrato de estilo inglés, Jakob Jordaens (1593-1678) y David Teniers II (1610- 1690). En los Países Bajos cabe reseñar la obra de Frans Hals, maestro del retrato colectivo, y de Vermeer de Delft (1632-1675), singular exponente de un realismo expresado a través de una depurada técnica centrada en el paisaje y en la representación de escenas domésticas de la vida cotidiana.

La escuela francesa

En la pintura barroca francesa se diferenciaron distintas corrientes complementarias:

  • Naturalista: George de La Tour (1593- 1658) y Louis Le Nain (1593-1648), creador de singulares escenas campesinas.
  • Racionalismo de inspiración jansenista: Philippe de Champagne(1602-1674), flamenco afincado en Francia.
  • Academicismo clasicista: adquirió predominancia en la segunda mitad del siglo XVII, propugnado desde la Corte de Luis XIV. Desde la Academia de Pintura y Escultura, creada en 1648, se impartieron las directrices estéticas que marcarían la creación de pintores como Charles Le Brun (1619-1690) o Pierre Mignard (1612-1695). Los más relevantes exponentes del clasicismo francés desarrollarían sin embargo casi toda su obra en Roma: Nicolás Poussin (1594-1665) y Claude Gellée, conocido como Claudio de Lorena (1600-1682).
 

Nicolás Poussin, El triunfo de David, 1594-1665, (Museo del Prado, Madrid).

Los maestros escultores del Barroco

  • Italia: entre las figuras más destacadas cabe citar al también arquitecto Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), autor de la catedral de San Pedro y del baldaquino de la basílica de San Pedro, en el Vaticano; del Éxtasis de Santa Teresa, conservado en la capilla Carnaro de Santa María della Vittoria en Roma, y del refinado grupo Apolo y Dafne, de la también romana Galería Borghese.
  • España: alcanzó una dimensión propia a través de los fastuosos retablos de los altares mayores de numerosas iglesias y, sobre todo, por medio de las obras de los imagineros, creadores de los pasos de Semana Santa, que representan escenas de la pasión de Cristo y que, sacadas en procesión, se convertían en objeto de devoción popular. Dado que debían ser transportables, las imágenes se realizaban con materiales livianos y poco costosos, como la madera o la escayola, lo que hizo que se generalizaran en poco tiempo y que permitieran, además, plasmar detalles realistas y ser pintados y adornados con mantos o joyas. Entre los más notables imagineros del siglo XVII cabe citar al castellano Gregorio Fernández (1576-1636), a los andaluces Juan Martínez Montañés (1568-1649) y Pedro de Mena (1628-1688) y, ya en el siglo XVIII, al murciano Francisco Salzillo (1707-1783).
  • Francia: el clasicismo dio muestras escultóricas de relieve aunque limitadas por la rigidez academicista propugnada desde el poder real. Cabe señalar las creaciones de François Girardon (1628- 1715), Antoine Coysevox (1640-1720) y, más alejado de los cánones clasicistas, Pierre Puget (1620-1694).
 

Juan Martínez Montañés, Cristo de la Clemencia (h. 1603), catedral de Sevilla.

Rembrandt

Rembrandt murió solo y en la más absoluta pobreza. Tras consagrar su vida a la pintura y a pesar de ser uno de los mejores artistas de la historia, la sociedad le dio la espalda. Pasó la mayor parte de su vida en Amsterdam, donde se casó con Saskya, una joven de la alta burguesía local con quien tuvo un hijo, Tito. Sus problemas comenzaron en 1642, cuando se negó a plasmar de forma halagadora las figuras que aparecen en Ronda de noche, una de sus obras maestras. Esto le supuso un gran descrédito social. La muerte de su esposa y la aparición Hendrike, una mujer de extracción social humilde contratada para cuidar de su hijo Tito, no hicieron sino empeorar las cosas. Rembrandt no pudo casarse con ella por las trabas que ponía el testamento de Saskya. Cuando Hendrike y Tito murieron, el pintor quedó completamente solo.

 

El «gran gusto» o «gusto francés»

Gian Lorenzo Bernini, Apolo y Dafne , 1622-1624, (Galería Borghese, Roma).

Pedro de Mena, María Magdalena , 1644, Museo Nacional de Escultura, Valladolid).

Ese término era el empleado para hacer referencia al modelo estético que debía conformar la unidad de principios artísticos sobre la que se asentaría el clasicismo en Francia. El ministro de Luis XIV, Colbert, y su representante en asuntos de arte, el pintor Le Brun, se afanaron en lograr la implantación de ese «gran gusto» a través de academias estatales, ordenación de programas de enseñanza y creación estatal de fábricas de tapices, porcelanas o vidrio, y de la Academia de Pintura y Escultura, en las que sólo se admitían los principios clasicistas.