Obama se ha ganado a los que quieren un cambio profundo en EE. UU., y ahora tiene que jugar a fondo esas cartas.
Terminada la batalla de las elecciones primarias, Barack Obama tiene que concentrarse ya en ganar las elecciones de noviembre, las de verdad.
Estas primarias del Partido Demócrata han sido históricas por varios motivos. La movilización ha sido espectacular, casi 40 millones de personas han participado en este proceso. El nivel de debate político ha sido muy intenso. Y su resultado es que por primera vez un negro tiene posibilidades reales de alcanzar la Presidencia de Estados Unidos.
Bueno, en realidad Obama es un mulato, hijo de una blanca estadounidense y de un negro keniata, pero es como si fuera negro (allí la palabra políticamente correcta es africano-americano) a todos los efectos.
Obama ha movilizado a los que quieren un cambio profundo en EE. UU., sean blancos, negros, del Norte o del Sur. Los que quieren que Estados Unidos ofrezca otra imagen al mundo, los que quieren la retirada de Irak cuanto antes, los que quieren que se reduzcan las desigualdades sociales, los que quieren mejorar el medio ambiente.
Salvando las distancias, el programa de Obama no es muy diferente del que tienen los partidos socialdemócratas europeos. Pero sería ingenuo olvidar el factor racial. Es cierto que a muchos blancos, y no solo los que votarán a McCain, sino incluso algunos de los que preferían a Hillary Clinton, se les va a hacer difícil votar para poner un negro en la Casa Blanca.
Por eso, Obama tiene que jugar a fondo la carta del cambio. Tiene que utilizar sus excelentes dotes de orador para explotar la idea de que es una mezcla de John Kennedy, Robert Kennedy y Martin Luther King. Su lema debe ser "audacia y esperanza", y para él no es nada nuevo, porque ya escribió un libro en 2006 con ese título: "The Audacity of Hope".


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