El Gobierno de Ehud Olmert fue muy criticado por la manera como condujo aquella guerra. Hizbolá resistió, mantuvo el control del Sur del Líbano y aumentó su prestigio como fuerza de resistencia.
Se podían haber ahorrado una guerra que costó unos 1.200 libaneses y unos 150 israelíes muertos, además de la destrucción de varios barrios de Beirut y de infraestructuras en el Sur del Líbano.
Aquella guerra que duró casi todo el verano hace dos años termina hoy con el intercambio de prisioneros entre Israel y el Hizbolá, pero podía no haber empezado si hubieran hecho entonces este intercambio. Un comando de Hizbolá se infiltró en la frontera y capturó a dos soldados israelíes.
Pretendía cambiarlos por el palestino Samir Kuntar y otros conocidos presos libaneses. Israel lanzó entonces su ataque contra Líbano para exigir a Hizbolá la liberación de esos soldados. Ahora, todos ellos figuran en la lista de los presos canjeados.
Como siempre en estos casos, es un canje desigual: Israel tiene que entregar más presos que los que recibe. Visto con perspectiva, la guerra del Líbano de hace dos años no fue un buen negocio para Israel. A pesar de su superioridad militar, el Ejército hebreo no consiguió ganar la guerra con claridad.
El Gobierno de Ehud Olmert fue muy criticado por la manera como condujo aquella guerra. Hizbolá resistió, mantuvo el control del Sur del Líbano y aumentó su prestigio como fuerza de resistencia. Y lo aumenta aún más con este canje de prisioneros, que está siendo vivido en Líbano como una fiesta.


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