El centro de Nápoles ha amanecido limpio de basura, aunque los barrios de la periferia siguen teniendo basura amontonada desde diciembre.
Han limpiado el centro a toda prisa porque llega Berlusconi, cumpliendo su promesa de que, si ganaba las elecciones, el primer Consejo de Ministros lo celebraría en Nápoles.
Esa ciudad se ha convertido en un escaparate de los principales problemas italianos. Lo de la basura es un ejemplo de mala organización y corrupción; pero aún más grave es lo sucedido en la última semana con los asaltos a los campamentos de gitanos procedentes de Rumanía.
El debate sobre los extranjeros ha subido de tono en Italia y el Gobierno ha convertido el control de la inmigración en su prioridad. En el tema de la basura, los ministros no van a adoptar decisiones nuevas. Está funcionando un plan de emergencia puesto en marcha por el Gobierno anterior, el de Romano Prodi, y a él se van a atener.
En el tema de la inmigración, en cambio, sí va a aprobar el Consejo de Ministros decisiones importantes. Los dos partidos socios de Berlusconi, la Liga Norte y Alianza Nacional, quieren medidas duras contra los inmigrantes.
Berlusconi ha puesto como ministro del Interior a Roberto Maroni, de la Liga, y ya se empieza a notar su estilo. La medida más polémica, la que establece que la inmigración ilegal es un delito por el que el inmigrante puede ir a la cárcel, tendrá que esperar, porque requiere la aprobación del Parlamento; pero otras, como las que facilitan la expulsión de los extranjeros sin papeles o castigan a quienes les alquilan pisos, van en un decreto y entrarán en vigor inmediatamente.


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