Hillary ha perdido la carrera hacia la nominación demócrata, pero ahora le toca a ella recomponer la unidad del partido.
Hillary Clinton está obligada ahora a ayudar a recomponer la unidad del Partido Demócrata.
Es duro para ella asumir que no podrá ser la primera mujer presidenta de Estados Unidos. Es difícil para ella aceptar que su sueño se ha venido abajo tras una enorme pelea política y que, además, se ha gastado gran parte de su fortuna personal. Es terrible para ella comprobar que ha estado muy cerca, que solo le ha faltado un puñado de delegados, que quizá si hubiera ganado aquí o allá.
Pero lo cierto es que Barack Obama ha conseguido la mayoría de delegados que le garantiza la nominación en la Convención Demócrata de agosto; por muy poco, sí, pero ha superado el listón.
Y si Clinton aún intenta maniobrar impugnando los resultados de Michigan y Florida, o discutiendo si los estados en los que ha ganado ella son más importantes que los que ha ganado Obama, lo único que conseguirá es cargarse las posibilidades de Obama en noviembre.
Es alarmante que en muchas encuestas y reportajes periodísticos aparece un número significativo de partidarios de Clinton que dicen que no votarán por Obama, y algunos incluso dicen que prefieren al republicano McCain antes que al senador por Illinois.
Si no se corta esa tendencia, Obama no podrá ganar; y la única que puede hacerlo es Hillary Clinton con un llamamiento inequívoco a cerrar filas en torno a él.


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