Ha llegado el día para el que los chinos se han preparado tanto, el día en el que esperan demostrar que China es ya un país moderno y que va camino de ser la primera potencia del mundo. El día en el que van a deslumbrar a todo el planeta.
La verdad es que todos los países que organizan unos Juegos Olímpicos quieren que sean un escaparate para la promoción de ese país y todos los organizan bien. De los celebrados recientemente, los más mediocres en cuanto a organización fueron los de Atlanta, pero tanto Seúl como Barcelona, Sydney y Atenas estuvieron a la altura del desafío.
En realidad, estos Juegos de Pekín pueden servir más para mostrar las debilidades de China que sus puntos fuertes. Todavía hay quien se empeña en decir que China aún está despertando, cuando lo cierto es que está a punto de irse a la siesta.
El milagro económico chino se ha convertido ya en algo normal: China lleva treinta años creciendo a una media del 9% anual, así que todo el mundo sabe que China se está convirtiendo en una gran potencia económica.
Quizá no tanta gente sabía que la situación de los derechos humanos en China es muy precaria, que no existe libertad de información, que es el país donde más penas de muerte se ejecutan, que existe un nacionalismo uigur, además del tibetano, que la corrupción está muy generalizada, que las desigualdades sociales cada vez crecen más con un Gobierno que se llama comunista y que el modelo económico practicado ha provocado una enorme polución, perfectamente visible en Pekín.
Los Juegos Olímpicos son un enorme anuncio publicitario, pero no consiguen ocultar del todo la realidad que hay detrás.


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