Mugabe es un dictador que está arruinando a su país y han empezado a escucharse voces que hablan de una intervención internacional para echarle. Pero las cosas no se ven igual desde África.
Zimbabwe es un país destrozado económica y políticamente. La inflación es la más alta del mundo y el dólar zimbabwense, la moneda del país, no vale absolutamente nada. El Banco Central acaba de emitir un billete de nada menos que cincuenta mil millones de dólares zimbabwenses; pues bien, el papel en el que está impreso vale más que lo que se puede comprar con ese billete.
El presidente, Robert Mugabe, se aferra al poder, a pesar de que perdió la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Falsificó los resultados para poder presentarse a la segunda vuelta y ha perseguido con saña al Movimiento por el Cambio Democrático, el principal de la oposición, hasta que su líder, Morgan Tsvangirai, ha tirado la toalla y ha renunciado a la segunda vuelta.
No cabe duda de que Mugabe es un dictador que está arruinando a su país. Por eso, el asunto ha llegado al Consejo de Seguridad de la ONU y han empezado a escucharse voces que hablan de una intervención internacional para echar a Mugabe. Pero, ojo, las cosas no se ven igual desde África.
Para muchos africanos, Mugabe es un héroe anticolonialista, que acabó con el régimen racista blanco que mandaba en la antigua Rodesia del Sur, y cualquier intervención extranjera la verían como otra invasión colonial.
La solución deben adoptarla los países vecinos de Zimbabwe, pero para ello es imprescindible que participe Sudáfrica. Y el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, está sosteniendo a Mugabe. Entre otras cosas, porque Mugabe ayudó al propio Mbeki y a su partido, el Congreso Nacional Africano, cuando luchaban para acabar con el apartheid en Sudáfrica.


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