Durante las últimas décadas desde la Administración, en las estrategias dirigidas a cuidar la Salud Pública, se ha apostado por políticas preventivas. En vez de esperar a la aparición de la enfermedad, se toman medidas con antelación para mejorar la calidad de vida y salud de los ciudadanos. Hemos visto que el sedentarismo se halla asociado con innumerables factores de riesgo de infinidad de patologías. Para muchos expertos el sedentarismo es el mayor enemigo para poder garantizar en el futuro un nivel mínimo de salud por parte de los ciudadanos.
Al año mueren en el mundo cerca de 17 millones de personas. El 69% de ellas se les atribuye a enfermedades de origen no contagioso (entre otras las relacionadas a las cardiovasculares y con la obesidad). Suponen el 46% del total de enfermedades. Resulta comprensible, por tanto, que desde la Administración se impulsen trabajos para promover estilos de vida activos entre la ciudadanía y hacer frente al sedentarismo. En el siguiente apartado veremos algunos de estos ejemplos.
No obstante, el ejercicio físico también posee capacidad curativa. Esta función terapéutica tradicionalmente ha sido asociada al sistema musculoesquelético, en la recuperación y rehabilitación de lesiones. Este carácter terapéutico también debiera de reconocerse en el resto de patologías. Tras una enfermedad del corazón, venas o pulmones, las capacidades físicas quedan muy mermadas (acercándose en ocasiones al umbral de la muerte súbita). En ese contexto mejorar las capacidades físicas es fuente de salud. Estas actividades se conocen como terapia del movimiento.


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